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TÍTULO LA CARRERA DE MARATÓN
Lee atentamente el siguiente texto y después contesta a las preguntas.
En el año 490 antes de Jesucristo, Darío I, emperador de los persas, ordenó a su ejército desembarcar en la bahía de Maratón, con la intención de arrasar la cercana ciudad de Atenas.
Unos meses antes, los atenienses se habían aliado con los jonios contra los persas, ganándose así el deseo de venganza de su emperador. Cuenta la leyenda que el odio de Darío I contra Atenas era tal que había ordenado a sus sirvientes que le susurraran al oído hasta tres veces durante todas las comidas: “Señor, acordaos de los atenienses”, jurándose aniquilar a sus soldados y esclavizar a sus mujeres e hijos.
Cuando los centinelas de Atenas anunciaron el desembarco del ejército persa apenas a unos kilómetros de la ciudad, toda su población fue presa del pánico. A nadie se le escapaba que los escasos 5.000 soldados defensores difícilmente podrían rechazar a los 20.000 invasores, quienes además contaban con la ayuda de sus invencibles carros de batalla y pesadas corazas.
Filípides, el más veloz y resistente mensajero ateniense, fue enviado a la ciudad de Esparta para pedir ayuda. Cabalgó, corrió, trepó y nadó pero no lo consiguió. “Les enviaremos dos mil hombres, pero no antes de la próxima luna llena, cuando haya finalizado nuestro festival religioso”. Filípides regresó con la inquietante noticia; los atenienses estaban solos frente a los persas.
No había un instante que perder. Antes del amanecer, el general Milcíades ordenó la partida a sus soldados en un desesperado intento por detener al ejército invasor. Los valientes hoplitas, soldados atenienses de a pie equipados con escudo, espada corta y casaca de cuero reforzada con piezas metálicas, se precipitaron con furia sobre el confiado ejército persa, envolviéndolo con rapidez e impidiendo su despliegue. El peso de las corazas de bronce y lo reducido del espacio disponible impidieron la acción de los carros de combate persas, inmovilizando al ejército invasor en las arenas de la playa. Finalmente, los escasos supervivientes fueron empujados al mar, emprendiendo la huida en sus barcos.
Aún resonaba el grito de victoria de los hoplitas cuando Milcíades ordenó a Filípides llevar a la atemorizada población de Atenas la noticia de la victoria. Cubrir a la carrera los 42 kilómetros que separan Atenas de las arenosas playas de Maratón después del combate contra los persas fue un esfuerzo excesivo para su corazón. Filípides, agotado, alcanzó la ciudad con las últimas luces del atardecer, anunciando la victoria con la frase “¡Alegraos, atenienses, hemos vencido!”, e inmediatamente se derrumbó y murió.
Muchos siglos después de esta hazaña, el Barón de Coubertin, instaurador de los modernos Juegos Olímpicos, quiso conmemorar el sacrificio de Filípides, incluyendo una carrera de 42 kilómetros en las pruebas de atletismo: la que desde entonces conocemos como carrera de MARATÓN.
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