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31 mayo 2010 1 31 /05 /mayo /2010 05:55

Antecedentes

A principios del siglo XIX el político austriaco Metternich afirmaba que Italia era sólo una "expresión geográfica" (cada pueblo tenía sus diferentes costumbres, lengua, bandera e himno). Ocupaban la península Itálica un mosaico de estados, algunos ocupados por potencias extranjeras.

Napoleón conquistó la península y modificó el mapa completamente. Anexionó Piamonte, Parma, Toscana, la República Ligur y los Estados Pontificios al Imperio francés, unificó todo el noreste de la península para crear el Reino de Italia, del cual se declaró rey y también conquistó el Reino de Nápoles. Durante este periodo Italia sufrió toda una serie de reformas liberales, como la abolición de los privilegios feudales y eclesiásticos.

Con la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena (1815) reestructura de nuevo el espacio geográfico de Italia, atendiendo especialmente a los intereses de las familias dinásticas y las grandes potencias europeas, nunca a los intereses del pueblo.

El Imperio austríaco se anexionó Lombardía y el Véneto y además colocó a príncipes austríacos en el trono de Parma, Módena y Toscana. Cerdeña y Piamonte se unificaron en el Reino de Piamonte-Cerdeña, el cual recibió Saboya y Niza. Se restauraron los Estados Pontificios y a los Borbones en el trono de Nápoles, que pasó a llamarse Reino de las dos Sicilias.

Se restauró el absolutismo en todos los estados. Los gobernantes impuestos por el Congreso de Viena no contaban con el apoyo popular, por lo que tuvieron que estar auxiliados por el Imperio Austriaco.

Mientras tanto, los ideales nacionalistas continuaban propagándose, incentivados por la vuelta al absolutismo y el progreso económico. El incremento de la producción textil de Piamonte necesitaba de un mercado interior más amplio donde colocar sus manufacturas. La expansión del ferrocarril favorecía las comunicaciones y la unidad de los diversos estados. Otros elementos aglutinadores eran la religión católica, la cultura italiana y el romanticismo, que identificó a Italia con el Risorgimento letterario, con lo que adquirió un gran poder político. Escritos aparentemente literarios o históricos estaban llenos de alusiones a la esclavitud o la tiranía. Donde no estaba permitida la crítica se utilizaba la sátira.

 

El Resurgimiento literario y el Romanticismo

La interpretación nacionalista de la literatura italiana identifica la dominación española de Italia, con un periodo de decadencia en su literatura debido, entre otras cosas, a la acción de la Inquisición (el tribunal religioso tradicional, no la institución española, que operaba con distintos criterios). Algunos autores (como Campanella o Giordano Bruno) sufrieron persecución por motivos religiosos, como también había ocurrido en la Edad Media (y en la Florencia de Savonarola). La identificación del ocupante con la opresión formaba parte de la ampliamente difundida propaganda antiespañola conocida como Leyenda Negra, entre cuyos productos artísticos pueden contarse Los Novios de Manzoni (ambientado en el Milán del XVII) o Don Carlo de Verdi (él mismo un símbolo viviente del Risorgimento, pues, además de su compromiso personal y artístico con la causa italiana, su nombre se gritaba como acrónimo de Vittorio Emanuele Re d´Italia (Victor Manuel, Rey de Italia).

Gianbattista Vico representa el despertar de la conciencia histórica en Italia. En su Ciencia Nueva, investigó las leyes que gobiernan el progreso de la raza humana, conforme a las cuales se desarrollarían los hechos históricos. Otros escritores importantes del Risorgimento literario fueron Giuseppe Parini, Gasparo Gozzi y Giuseppe Baretti.

Las ideas que impulsaron la Revolución francesa de 1789 dieron un sentido especial a la literatura italiana en la segunda mitad del siglo XVIII. Los italianos que aspiraban a una redención política consideraban ésta inseparable de una recuperación intelectual, que al mismo tiempo creían sólo podía llevarse a efecto volviendo al antiguo clasicismo. Este fenómeno fue una repetición de lo que ya había ocurrido en la primera mitad del siglo XV.

Por lo tanto, patriotismo y clasicismo, fueron los dos principios que inspiraron la literatura que comienza con Vittorio Alfieri. Este autor encaminó la literatura hacia una motivación nacional, armada solamente con el patriotismo y el clasicismo. Otros importante escritores patrióticos de este periodo fueron Ugo Foscolo, Pietro Colletta, Carlo Botta, Vincenzo Monti o Pietro Giordani.

Durante este periodo surgió la polémica sobre la pureza del lenguaje. Durante este periodo, la lengua italiana estaba repleta de galicismos. La prosa necesitaba de una recuperación por el bien de la dignidad nacional, y se pensó que esto no podría conseguirse si no era a través de la vuelta a los grandes escritores del siglo XIV. Uno de los promotores de esta nueva escuela fue Antonio Cesari, que se empeñaba en establecer la supremacía del toscano sobre el resto de dialectos. Pero el patriotismo en Italia tiene siempre algo de provinciano, y así, contra esta supremacía toscana proclamada y defendida por Cesari, surgió una escuela lombarda que no quería saber nada del toscano y que volvían a la idea de una lingua illustre.

 

El Romanticismo fue un movimiento cultural y político que se originó en Alemania a finales del siglo XVIII como una reacción al racionalismo de la Ilustración y el Neoclasicismo. Exaltaba los sentimientos, el nacionalismo, el liberalismo y la originalidad creativa. Es el movimiento literario que precede y asiste a las revoluciones políticas de 1848 puede considerarse representado por: Giuseppe Giusti, Francesco Domenico Guerrazzi, Vincenzo Gioberti, Cesare Balbo, Alessandro Manzoni y Giacomo Leopardi.

 

Después de 1850 la literatura política perdió importancia, siendo uno de los últimos poetas de este género Francesco Dall'Ongaro, con sus stornelli politici. Posiblemente la obra literaria que más contribuyó al asentamiento de la unidad italiana fue Corazón, de Edmondo De Amicis (1886), reunión de episodios protagonizados por niños de las distintas regiones italianas, que exaltan las virtudes, el heroísmo y el sentimiento patriótico, de una forma muy eficaz por el recurso a lo sentimental. Fue ampliamente utilizado como material escolar y pasado al cine, la televisión y los dibujos animados (y no sólo en Italia: es la célebre Marco, de los Apeninos a los Andes).

 

Las sociedades secretas

Los ideales revolucionarios también se propagaron a través de sociedades secretas, tales como los Carbonarios, los adelfos y los neogüelfos.

Durante el dominio napoleónico, se formó en Italia un grupo secreto de resistencia, la Carbonería. Era una sociedad más o menos masónica, liderada por el general francés Joaquín Murat, cuñado de Bonaparte. Su objetivo, como el de la masonería en general, era combatir la intolerancia religiosa, el absolutismo y defender los ideales liberales. También lucharon contra las tropas francesas porque estas estaban realizando un auténtico expolio de Italia.

Con la expulsión de los franceses, la Carbonería quería unificar Italia e implantar los ideales liberales.

Los carbonarios eran principalmente gente de la mediana y pequeña burguesía. Se organizaban en vendas de veinte miembros cada una, que desconocían a los grandes jefes. Había una venda central, formada por siete miembros, que era la que transmitía el trabajo a las demás.

En 1830, Giuseppe Mazzini (1805-1872) entró a los carbonarios, y fue encarcelado en 1831 por incitar a la rebelión al pueblo junto con Federico Campanella, Giuseppe Elia Benza, Carlo Bini y Giambattista Cuneo, por lo que pasó a criticar a las sociedades secretas, sus ritos y su ineficiencia militar. De la crítica a las sociedades secretas pasó a la acción y fundó la Joven Italia, una organización paramilitar que pretendía liberar Italia del dominio Austríaco y unificar el país por medio de la educación del pueblo y la formación de una República democrática. Su lema era: Derechos de los hombres, progreso, igualdad jurídica y fraternidad. La sociedad organizó células revolucionarias por toda la península. A este movimiento democrático se oponían otras corrientes que también pretendían la unificación de Italia. Unos eran los reformistas monárquicos, contrarios a la violencia de Mazzini y que pedían la unificación en torno al Reino de Piamonte-Cerdeña, en un régimen monárquico constitucional. Otros eran los neogüelfos, conservadores liderados por Vincenzo Gioberti, cuyos ideales eran hacer de Italia una unión de estados federados presididos por el papado.

 

Revoluciones de 1820 y 1830

 

Revoluciones de 1820

En 1820 se inició en Europa una oleada revolucionaria que afectó sobre todo al área mediterránea. La revolución se inició en España a causa del levantamiento de Riego. En aquel momento se encontraba en Las Cabezas de San Juan junto con su ejército y se disponía a partir hacia América para sofocar los movimientos independentistas que allí se estaban produciendo. El primero de enero se sublevó contra el rey y aunque al principio la revolución no tuvo apoyo popular, finalmente el pueblo se rebeló y Fernando VII decidió jurar la Constitución de 1812. Pero Fernando VII era un monarca absolutista y consideraba que la división de poderes era una ofensa contra sus derechos, por lo que pidió auxilio al Sistema Metternich (quíntuple alianza) y éste dio permiso a Francia para enviar a un ejército llamado los Cien Mil Hijos de San Luis bajo el mando del duque de Angulema. Poco a poco, la revolución se fue extendiendo por Europa, llegando a Portugal, Grecia, diversos estados Italianos y Rusia.

 

La revolución en Nápoles

En 1814 la Carbonería comenzó a organizar actividades revolucionarias en Nápoles. Por 1820 el grupo ya era lo suficientemente poderoso para invadir Nápoles con su propio ejército. La revolución española estimuló el movimiento revolucionario de Nápoles. Un regimiento del ejército napolitano al mando del general Guglielmo Pepe, un carbonario, se levantó y conquistó la parte peninsular de Nápoles, por lo que el rey, Fernando I, se vio obligado a jurar que implantaría la nueva Constitución que los Carbonarios estaban redactando. Mientras, se utilizó de manera provisional la Constitución española.

Pero la revolución, que no contaba con el apoyo popular, cayó bajo las tropas austríacas de la Santa Alianza. El rey suprimió la Constitución y comenzó sistemáticamente a perseguir a los revolucionarios. Muchos partidarios de la revolución en Nápoles, incluyendo el erudito Michele Amari, fueron forzados al exilio durante las siguientes décadas, algunos fueron fusilados.

 

La revolución en Piamonte-Cerdeña

El líder del movimiento revolucionario en Piamonte-Cerdeña era Santorre di Santarosa, que deseó expulsar a los austríacos y unificar Italia bajo la casa de Saboya. La rebelión de Piamonte comenzó en Alessandria, donde las tropas adoptaron la bandera tricolor (verde, blanco y rojo) de la República Cisalpina. El regente del rey, actuando mientras que el rey estaba ausente, aprobó una nueva constitución para apaciguar a los revolucionarios, pero cuando el rey regresó rechazó la constitución y pidió auxilio a la Santa Alianza. Ésta dio a Austria permiso para intervenir en Italia y derrotar a las tropas de Santarosa.

 

Revoluciones de 1830

Alrededor de 1830, rebrotó el sentimiento revolucionario a favor de la unificación italiana; una serie de rebeliones puso la base para la creación de una nación en la península italiana.

El duque de Módena, Francisco IV, que era muy ambicioso, quería convertirse en rey de la Alta Italia aumentando su territorio. En 1826, dejó claro que no se opondría a aquellos que derribaran la oposición de la unificación. Animados por la declaración, los revolucionarios en la región comenzaron a organizarse.

En 1830, durante la revolución de julio, los revolucionarios franceses forzaron al rey a abdicar y colocaron en el trono a Luis Felipe de Orleáns. Éste prometió a algunos revolucionarios como Ciro Menotti que Francia ayudaría a los revolucionarios italianos si Austria interviniera militarmente. Pero, temiendo perder su trono, Luis Felipe decide no intervenir en la sublevación prevista de Menotti. Esta no llegó a ocurrir porque en 1831 la policía papal descubrió los planes de Menotti y este fue arrestado junto con otros conspiradores.

Al mismo tiempo, surgieron otras insurrecciones en las legaciones papales de Bolonia, Forli, Rávena, Imola, Ferrara, Pésaro y Urbino. Los revolucionarios adoptaron la bandera tricolore y establecieron un gobierno provisional que proclamaba la creación de una nación italiana unificada.

Las rebeliones en Módena y las legaciones papales inspiraron una actividad similar en el ducado de Parma, donde también fue adoptada la tricolore. Después de esto, la duquesa María Luisa salió de la ciudad.

Las provincias insurrectas planearon unirse para crear las provincias italianas unidas, cuando el Papa Gregorio XVI pidió ayuda austríaca contra los rebeldes. Metternich advirtió a Luis Felipe que Austria no tenía ninguna intención de dejar Italia y que la intervención francesa no sería tolerada. Luis Felipe retuvo cualquier ayuda militar e incluso arrestó a patriotas italianos que vivían en Francia.

En la primavera de 1831, el ejército del austríaco cruzó toda la península italiana, machacando lentamente los movimientos revolucionarios de cada territorio y arrestando a sus líderes, incluyendo Menotti.

 

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Published by Leoncio Yupanqui
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