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17 abril 2012 2 17 /04 /abril /2012 04:45
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

Pirámides de Gizeh. Egipto.

 

Imperio Antiguo. IV Dinastía.

III Milenio a.c.


 

 

La arquitectura funeraria es sin duda una de las expresiones más espectaculares de todo el arte egipcio, pero no hubiera sido posible sin el desarrollo profundo de una religión que le daba una importancia absolutamente trascendental al fenómeno de la muerte en el más allá. El egipcio para poder iniciar el viaje al mundo más allá de la muerte, debía conseguir que permanecieran unidos los dos principios esenciales que constituían al ser humano: el ba, que aludía al aspecto inmaterial o alma del ser; y el ka, o fuerza vital, que se relacionaba con el cuerpo y el físico del sujeto. De ahí el interés de los egipcios por salvaguardar la apariencia física de los fallecidos, por medio de la momificación o la realización de estatuas y máscaras funerarias, única manera de que ambos aspectos del ser no se separaran en el otro mundo. De esta forma podía el difunto acceder a la barca del dios Sol-Rah, que al llegar el ocaso lo trasladaba al mundo inferior, o de ultratumba, donde a su vez asistiría al juicio de Osiris que pesaría su alma y decidiría su futuro eterno.

Tan arraigada se hallaba la creencia en el mundo de ultratumba en el universo religioso egipcio, que buena parte de su vida giraba alrededor de la muerte, lo que puede parecer una paradoja, pero explica perfectamente el alcance y la tremenda importancia alcanzada en esta civilización por la arquitectura funeraria. Al principio sólo reservada al faraón, pero posteriormente ampliada también a las clases más acomodadas.

Es el inmenso poder económico y social acaparado precisamente por el faraón el que permitiría hacer obras descomunales dedicadas a su descanso eterno: primero las mastabas, que luego se convirtieron en pirámides y posteriormente los hipogeos.

a) La primera forma arquitectónica con fines mortuorios es la mastaba, estaba constituida por un tronco de pirámide con muros en talud. Las primeras se realizaron en ladrillo, sustituido posteriormente por sillares de piedra perfectamente escuadrados.

b) El segundo modelo será la forma típica de enterramiento real durante el Imperio Antiguo, las pirámides. La perfecta ejecución de la obra y la grandiosidad de sus proporciones impresionaban al visitante con el vértigo de su altura. Como material se utilizó la piedra, trabajada en grandes sillares asentados con tal virtuosismo técnico que no dejaban fisuras en sus uniones.

c) El último ejemplo de construcción funeraria se desarrolló durante el Imperio Nuevo, tratándose de una construcción que como su propio nombre indica, estaba excavada dentro de una montaña.

La pirámide es, por excelencia, la tumba del soberano, de ahí que se revista de un simbolismo especial. En primer lugar, se ha demostrado que algunas fueron concebidas bajo simbolismos numéricos, como es el caso de la de keops, que recoge ciertas medidas astronómicas. De hecho cada lado está perfectamente orientado a cada uno de los cuatro puntos cardinales, y además, las cuatro aristas que provienen del vértice, simbolizan los rayos del dios Sol-Rah, protegiendo a su hijo el faraón. Por otro lado, su forma apuntada y su gran elevación las hacía visibles desde lejos, lo que también constituía un símbolo grandilocuente del poder político.

En las tumbas, la momia del difunto se disponía en un pozo excavado bajo la construcción, donde se hallaba la cámara mortuoria; otra estancia, el serdab, habilitada dentro de la edificación, contenía el doble del difunto, junto a diversas estatuillas y símbolos funerarios. En las pirámides como en la de Keops, sobre la cámara mortuoria del rey se colocaban varios compartimentos de descarga, una cámara inferior para la reina, y una cámara subterránea para despistar a los saqueadores. Hay que añadir a todo ello una compleja disposición interna compuesta por largos corredores salpicados de trampas que evitara la profanación de la tumba auténtica.

Aunque sin duda, el aspecto que más apasiona a investigadores y profanos es el de su construcción. En este sentido, los casos más significativos son los de las tres grandes pirámides de Gizeh, levantadas todas ellas por faraones de la IV dinastía: Micerinos (de 65 m.); Kefren (de 143 m.), y Keops, la mayor de todas con sus 146 m. de altura.

Para hacernos una idea de las dificultades y complicaciones técnicas que supondría su construcción basta pensar que la mayor de todas ellas, la pirámide de Keops, la forman unos 2 millones y medio de bloques de piedra, de un peso medio de 2 Tm. por bloque, eso sin contar que toda la pirámide contaría originalmente con un revestimiento calizo en color blanco, que sumaría otros 25.000 bloques más a los anteriores. Bloques todos ellos que deberían transportarse por el Nilo desde las canteras, y hasta pie de obra por medio de la fuerza animal y la humana, arrastrándolos sobre troncos rodantes, pues los egipcios aún no conocían la rueda.

Lo más complicado no obstante sería ir dando cuerpo a la pirámide, elevando los sillares hasta colocarlos perfectamente ajustados y sin perder su forma perfectamente geométrica, lo que parece ser que sólo pudo conseguirse por medio de un sistema de rampas, que iban elevándose siguiendo el propio perímetro de la construcción. Sin olvidar, además, que esa elevación tenía que tener en cuenta simultáneamente la ejecución interna del intrincado laberinto de galerías que atravesaban el interior de la pirámide, así como la construcción en huecos interiores de las cámaras citadas y los compartimentos de descarga.

La pirámide de Keops, fue construida al parecer por el arquitecto Hemon, pariente del faraón, y cuenta Herodoto, que costó 20 años en construirse. El mismo Herodoto la incluyó con toda justicia entre las siete maravillas del mundo Antiguo, y aún hoy, casi cinco mil años después sigue provocando admiración y sorpresa.


 

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Published by Leoncio Yupanqui
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